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Escobar, 25 de noviembre de 2018


El ascenso de la derecha extrema en Europa:

¿pasará lo mismo en Latinoamérica?


Aaron Lauterbach
noviembre 14, 2018

La democracia es desafiada por discursos populistas en varios lugares del mundo. Tenemos que analizar las razones de ello, para responder democráticamente a este desafío. Jair Bolsonaro y José Antonio Kast son actores que recuerdan el fortalecimiento de fuerzas ultraderechistas en Europa.


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por @escobarsite

 

Jair Messias Bolsonaro es el nuevo presidente brasileño, elegido el 28 de octubre de 2018 con el 55,13% de los votos. Su discurso agresivo denuncia a los gobiernos anteriores incriminándolos por los escándalos de corrupción. En el país ha crecido un modo de pensar derechista que cuenta con cada vez más apoyo no solo en Brasil, sino también en varios países del mundo. Esto ocurre especialmente en Europa y ahora en algunos casos en Latinoamérica.

Pero, ¿cuáles son las razones para que una sociedad busque soluciones políticas en discursos tan radicales y contrarios a la globalización? En ese sentido, ¿hay puntos en común entre los países de Europa y Latinoamérica a pesar de la disparidad geográfica y los diferentes contextos políticos?

El fortalecimiento de la derecha en los Estados miembros de la UE es más visible que nunca. Países claves de la integración europea se encuentran frente a grupos de su población que rechazan la idea de la unión continental, los valores fundamentales de la democracia y anhelan la vuelta de los Estados nacionales fuertes y aislados.

Lo que parecía un peligro lejano hace unos años es la pura realidad de estos días. El partido de la derecha en Hungría obtuvo 49,28% en las elecciones parlamentarias de este año. Marine le Pen llegó a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales en Francia en 2017 y obtuvo el 33,9% de los votos. También, en Alemania entró por primera vez en 60 años un partido de la ultraderecha al Parlamento, con el 12,6% de los votos. Otros ejemplos de países con partidos de este tipo en sus Cámaras legislativas son Polonia (37,6%), Suecia (17,5%), Bélgica (24%), Austria (35,1%), Dinamarca (21,1%) o Eslovaquia (16,6%), y la lista sigue. Esto refleja claramente esta evolución (¿o involución?) preocupante.

Las razones son diversas y están por supuesto ancladas al contexto sociopolítico de cada país. Pero se pueden observar similitudes entre lo que está sucediendo en América y el viejo continente.

Un factor importante en Europa fue la crisis migratoria en 2015, debido al incremento del flujo descontrolado de refugiados. En ese año entraron más de un millón de personas a Europa y 3406 murieron en el intento. Alemania, que fue el país de destino para una gran parte de los refugiados, ha recibido desde el 2015 más de 1.300.000 solicitudes de asilo. Sin embargo, ya desde el 2014 más del 75% de los electores del partido alemán AfD tenían miedo de una extranjerización de su país.

En Hungría, la política migratoria es la más restrictiva de toda Europa. Actualmente el país permite la petición de asilo solamente a dos personas por día.

Debido a los atentados terroristas islámicos en Francia, una percepción de peligro musulmán se ha fortalecido en varios países europeos. Otra razón importante es el papel que juega la historia de los doce países nuevos en Europa, como se llama a los países miembros de la UE desde el colapso de la Unión Soviética (incluyendo los estados de la ex-República Democrática Alemana, donde la derecha extrema es más fuerte que en el resto del país. Al analizar estos países debemos tener en cuenta que su enemigo común en la guerra fría era el bloque occidental-capitalista.

Con el colapso de la Unión Soviética y la ampliación de la UE en estos países, el enemigo se hizo amigo. Pero el mundo de hoy, globalizado y multipolar, que ofrece varias ideologías distintas, es más complejo y menos definido que en la guerra fría. El escepticismo frente a nuevas culturas (distintas del propio estilo de vida), la política común de la UE (que está desunida en el abordaje de la crisis migratoria) y el capitalismo global (que tuvo una importante crisis en 2008) ha provocado un regreso a la identidad nacional. Los factores externos son percibidos como culpables de problemas y ayudan en consecuencia a los partidos de la extrema derecha.

En Latinoamérica, el empoderamiento del populismo de derecha es todavía menos fuerte, pero se pueden observar algunas evoluciones significativas.

El tema principal del discurso del nuevo presidente Jair Bolsonaro, no es el de los refugiados, sino el de la corrupción y los consiguientes grandes escándalos de los últimos años que derivaron en la destitución de una presidenta y en la condena a prisión a un expresidente y a cientos de políticos y empresarios. El desafío del Estado no proviene de problemas externos. Sin duda, la corrupción es uno de los más grandes desafíos que impiden la autenticidad y la credibilidad de la vida política en Brasil. Pero lo que comenzó como una campaña anticorrupción, acentuada por la desigualdad económica en la sociedad y el alto índice de criminalidad, se transformó en una lucha ideológica con un discurso, nostálgico de la dictadura y de la pena de muerte. El reconocido politólogo estadounidense Francis Fukuyama dijo al diario Folha que "Bolsonaro representa una verdadera amenaza para la democracia".

La nostalgia por un pasado autocrático se encuentra también en algunos sectores de la política en Chile. En las pasadas elecciones presidenciales del país quedó en relieve un modesto apoyo al candidato de derecha extrema José Antonio Kast, quien consiguió el 8% de los votos. Su discurso rechaza los cambios experimentados en la transición democrática y es contrario al ingreso de migrantes. Un número considerable de personas se identificaron con su discurso, un indicio que preocupa, si se toma en cuenta que Chile cuenta con una de las democracias más sólidas de la región.

Como elemento particularmente llamativo y común en los casos de Europa y América Latina aparece la preocupación de la gente a perder su posición social. Las personas se pueden sentir así debido a un gobierno muy corrupto, flujos migratorios, dificultades económicas, estructuras internacionales desunidas donde la ciudadanía se pueda sentir amenazada por factores externos, entre otros. En estas situaciones se intensifica el discurso de fuerzas tradicionales. Miedos tales como a ser olvidado por los gobernantes o que los cambios políticos sean insuficientes, se reflejan en las personas, quienes buscan una forma de protección en entes comunes: la nación, la religión, los valores culturales.

La democracia se enfrenta a nuevos desafíos en un mundo cada vez más veloz. Simplificar problemas complejos en discursos populistas no es solución. Por lo contrario, si nuestro mundo se está modernizando, ¿por qué no modernizar también nuestra visión de la democracia?

Aaron Lauterbach
Estudiante de ciencias políticas en la Universidad de Friburgo, Alemania, y en el Instituto de Estudios Políticos de Aix-en-Provence, Francia. Practicante en la KAS, oficina Montevideo (2018)

 



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